viernes, abril 17, 2015

La tita Flora cumple 90 años


 Estábamos de compras en el Mercadona del Parador; como siempre, yo iba despistado. Fue mi cuñado quien se dio cuenta:
- Quiosquero, esa señora te está llamando.
Me volví. Al otro lado de los congelados, la sombra de un suspiro trataba de llamar mi atención. Mi tía Flora ha tenido casi toda su vida menos chichas que un guiso de alambre y, quizás, por eso se haya conservado tan bien. Dos años menor que mi padre, ha sobrevivido a sus seis hermanos… 
Y lo que cuelgue.

Observo que lleva un bastoncillo.
- Tita, ¿no irás a decirme que ahora usas cayado?
- ¡No, qué va! Es que podando una parra me caí de la escalera, me di un golpe y he tenido una pierna escacharrada; ya está casi bien. El cayado lo saco de paseo como hacía papá… y para que mis hijos no me llamen la atención.

Tita Flora es la viajera de la familia y lo es por varios conceptos: porque su marido ha trabajado en Andalucía, Madrid, Cataluña y Norte de África; porque viajar le gusta más que a un choto una teta de cabra y porque se mueve más que el rabo de una lagartija. Por eso, y porque siempre fue cariñosa, todos sus sobrinos esperábamos ansiosos que viniese de vacaciones para oír nuevas aventuras y aprender cómo era la vida en otras latitudes. Desde hace casi 30 años (o más, he perdido la cuenta) está instalada en el Cortijo la Rosaleda en El Parador de las Hortichuelas; ella se ha encargado de plantar los árboles frutales, injertarlos y podarlos cuando llega su tiempo, y lo hace con poca o ninguna ayuda.
- No deberías hacer la poda tú sola.
- No, si ya… Ahora meto a alguien que me lo haga… pero es que la gente de ahora no entiende de las faenas del campo y en cuanto la sacas del invernadero no tienen ni idea. A mí me enseñó el abuelo… en realidad, yo era curiosa y me fijaba cómo lo hacía. Pero ya no me subo en la escalera… cojo un morillo y le voy diciendo lo que tiene que hacer. Hay que dejar una o dos yemas por detrás del corte. Le sujeto la escalera y ya está.
- ¿Y cómo es que te has caído?
- Bueno, porque me subí a repasar unos sarmientos que no habían quedado bien y me resbalé en un peldaño.
No tiene remedio. Dejó de conducir cuando los hijos se negaron a repararle el coche; por entonces, en el suelo correspondiente al asiento del conductor llevaba un cartón grueso para no frenar con la suela de las alpargatas. Es igual; va andando o en la Alsina… o hace autostop.
Últimamente ha aprendido a navegar por Internet:
- Si otros lo hacen, ¿por qué no voy a ser capaz yo?

 No es García Lorca, pero hace versos. Tal vez no tengan la fuerza del Romancero Gitano ni recurra a las metáforas de los limones con los que Antoñito el Camborio iba decorando el río, pero expresan sus sentimientos con las palabras sencillas que aprendió entre la panadería, el molino o las visitas a su prima “Comersinda” en los Corros. Cierto es que en su deambular por el mundo se fue refinando, pero la tita Flora es verdaderamente auténtica cuando se muestra tal como se formó en sus primeros años. Y así es como nos gusta oírla a quienes la queremos: con la misma verborrea que el abuelo Antonio, por más que el abuelo hablase más con el gesto que con las palabras.

Acaba de cumplir 90 años; sus primeros 90 años.

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